La batalla

Se disponía a saltar del balcón con el arma en la mano. Sin pensar más de dos veces,
disparó al carro que apareció tras la esquina. El dueño con el miedo en el cuerpo,intentaba escapar. El soldado vio que no era a quién buscaba, y se dio la media vuelta. Daba tumbos por la ciudad, pero no encontraba a su objetivo. La ciudad parece pequeña hasta que la tienes que recorrer buscando a una sola persona que está en la misma situación que tú, un fusil ante un revólver. El sheriff no mostraba intención de parar el duelo. -¿Quién se va a meter en una pelea entre un soldado y un vaquero? – Se preguntaba todo el mundo. La población no salía de sus casas, intentaban ver entre las ventanas lo que se podía desatar en sus calles. El soldado sabía bien que hacer, había estado en varias batallas, tenía mucho recorrido en suelo de guerra. El vaquero, más valiente, con su revólver en el bolsillo esperaba ansioso ese duelo cara a cara con su contrincante. Tenía un sombrero que dañado por la parte delantera y trasera, dejaba
pasar la luz del sol. Solía ponerse el sobrero de lado, así no parecía vaquero, pero ahí se encontraba, entrando por la calle principal de la ciudad. El soldado, lo vio entrar a lo
lejos, se posicionó detrás del bebedero de caballos. -¿Eres tú el que me quiere estropear los planes?- Gritó el vaquero. El soldado cabreado soltó una carcajada, y seguidamente le mostró el fusil para mostrar su superioridad. El valiente vaquero, con chaqueta marrón y pantalones ajustado, dio un par de pasos con unas botas que crujían al moverse. El soldado escuchando el movimiento de esas botas chirriantes, se apresuró a correr hacia el otro extremo de la calle, cosa que el vaquero vio, intentó disparar sacando su pistola de la funda y ejecutando varios disparos que  desafortunadamente no llegaron a dar a su adversario. Éste, escondido tras un carro allí aparcado, sabía que iba mejor equipado que el vaquero, ya que disponía de varias granadas, chaleco antibalas y casco, quitó la anilla de una granada y la lanzó hacia su ruidoso “amigo”. El vaquero, sereno y sigiloso, al ver caer la granada cerca de él, se dispuso a darle una patada y alejar de su alrededor, un inminente estallido. El peor parado fue el sheriff, ya que su caseta acabó sin techo y sin dos paredes, dejando al descubierto su desolado despacho y sin autoridad policial en la ciudad. Mientras, los vecinos no sabían si actuar, este duelo podría llevar a arruinar su ciudad, podría acabar desolada y en ruinas, pero no mostraban intención de intervenir, sabían que podían quedarse en el intento de parar esta batalla. El forajido dio varios pasos firmes, sacando a la luz la intención de terminar con todo e iniciar el desafío. El soldado, a sabiendas de lo que quería su contrincante, buscaba una táctica para poder hacerse con la victoria. Pensaba en sus años de combates en la Gran Guerra -¿Qué haría el Capitán?-, se preguntaba. El tiempo se acababa, el tullido vaquero seguía avanzando y el guerrero, armado hasta arriba, debía actuar sino quería perder, tenía que tomar una decisión urgente. Nadie en la ciudad quería que hubiera más muertes, y mucho menos destrucción de sus casas y locales, el sheriff en fuera de juego, la batalla campal parecía inminente. El vaquero seguía avanzando, el soldado lo sentía, escuchaba sus botas. Estaba nervioso, actuar era cuestión de vida o muerte. El tiempo pasaba y el forajido seguía su camino de encontrarse con su oponente. El soldado iba a actuar, se posicionó, se levantó, se encontraron cara a cara, había que apretar el gatillo si quería salir vivo de allí, y ….. -Pablo, ¡a comer!-, seguidamente -¡Voy mamá!-, contestó Pablo. El soldado acabo paralizado, el forajido frente a él, sin sombrero, la ciudad siguió en pie y el viento siguió resoplando.

CMB

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